NOTAS DISPERSAS SOBRE LA VIDA EN CALBUCO Y EN SANTIAGO

NOTAS DISPERSAS SOBRE LA VIDA EN CALBUCO Y EN SANTIAGO

Para empezar, me gustaría hacer referencia a una idea que recuerdo haber leído en Los Vagabundos del Dharma de Kerouac, en una de las   conversaciones que el protagonista tiene con Japhy Ryder, en la cual se planteaba que no hay diferencia entre lo natural y lo artificial, entre un bosque y una ciudad, y que estas dualidades, en realidad, eran parte de la ilusión que nos oculta la verdad, que al final todo es parte del mismo vacío. Quizás, bajo esta misma línea, uno puede encontrar belleza tanto en el muelle más lejano del sur, como en los rincones más sucios de Santiago, y el tema, entonces, sería tener   la capacidad de reconocerla, de aprehenderla en su particularidad.

Creo que hay belleza en la mirada inocente que coloca mi primo Matías mientras conversamos sobre nuestras vidas en la Isla Puluqui, como creo que hay belleza en mis alumnos de La Granja cuando me habla sinceramente sobre sus inquietudes o sueños.

Creo que hay belleza en la vida de un pescador de Calbuco, como creo que hay belleza en la vida de un quiosquero del centro de Santiago.

Creo que todo, desde cierta perspectiva, no solo es interesante, sino que también contiene profundidad.

Creo que a pesar de nuestras aparentes diferencias culturales, detrás de toda máscara, nos habita la misma luz y oscuridad. Las mismas contradicciones en nuestro camino a la muerte. La misma nada que se alimenta de nuestro ser.

Sin embargo, dicho esto, en mi experiencia personal, puedo hablar de algunos matices, de algunos patrones que he podido reconocer en mis viajes de ida y vuelta, en mi peregrinar por esta ciudad y por la tierra de mis ancestros.

Me parece que en Calbuco es común encontrar dos tipos de personas: algunos que, con una extraordinaria tendencia a la abstracción, pareciera que viven caminando sobre entelequias, y que, en consecuencia, su sentido del tiempo nunca parece fijarse en el ahora, sino más bien en pasados remotos o   futuros posibles. Y, por otro lado, también he visto lo contrario, personas que viven en una especie de presente perpetuo, que pareciera que han encontrado el equilibrio al no pensar nunca en el pasado ni en el futuro.

Me parece también que, a pesar de que mucha gente sostiene con vehemencia que no hay que romantizar el sur, es imposible negar que ciertos lugares se erigen naturalmente como santuarios estéticos. Lugares donde el cielo es más grande, donde el rumor del viento es distinto, donde la sinfonía de las aguas azules te ofrece tranquilidad,   donde todavía se puede sentir lo que otros en un pasado distante anunciado como lo “sublime”.

Creo que en ciertos lugares de Calbuco pudo sentir el silencio, lo logró encontrar. No sabría cómo definir esa sensación, más que como que el ambiente, en connivencia con tu propio espíritu, estimula, permite que se detengan tus propios pensamientos, que te puedas concentrar solo en respirar. En Santiago no he encontrado lugares así, en tanto al único que se puede aspirar aquí es equivalente a la anulación de la existencia sonora del otro, a la búsqueda de un momento de silencio de ordena total.

Si bien hay belleza en todas partes, el silencio no es el mismo en todas partes.

En Santiago, a diferencia de Calbuco, las personas parecieran estar siempre apuradas por seguir una rutina, por llegar al mismo lugar, por correr en círculos, como si estuvieran urgidos por cumplir con la expectativa que les producen pensamientos tautológicos.

En la vida en la capital, en términos generales, el otro no es una continuidad, no es alguien que pueda percibirse como la extensión de uno mismo, alguien que, por su mera existencia, implica una posibilidad de conexión, de vínculo, sino más bien un cuerpo, desconocido, con el cual contrastarse, compararse, en pos de su exclusión.

Quizás por eso, y con este término, no es difícil de constatar   en el capitalino el deseo de la fuga, la necesidad de buscar la vida en otra parte, la necesidad de vínculos trascendentes, pero no aquí, donde la configuración del espacio no permite apreciar el desenvolvimiento del otro, que solo permite su discriminación. No acá, sino donde se pueda respirar realmente.

Así como antes la gente emigraba del campo a la ciudad en búsqueda de oportunidades, creo que ya comenzó a ser lo contrario: la gente empieza a irse, a buscar una mejor vida en la provincia, y probablemente es un fenómeno que recién está comenzando y que con el tiempo será mayor, porque para la gente que vive acá, la vida pareciera no estar acá.

 

 

 

 

 

 

Sebastián Alvarado Fuentes:  (Santiago de Chile 1989) licenciado en lingüística y literatura de la Universidad de Chile y profesor de Lenguaje y Comunicación de la Universidad Católica. También cuenta con el grado de magister en Letras de la misma casa de estudios. Autor de la novela  el punto de no retorno ( Editorial Camino, 2021) y del plaquette de poesía  Necrovida (Porlasmias Ediciones, 2021).  Entre otras cosas, ganó el primer lugar en poesía en el VII Concurso Literario del Cementerio Metropolitano (2022) y el primer lugar en el VI Concurso de Cuento Corto de Vitacura (2022).

 

 

 

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